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La escritura egipcia no solo representaba el mundo: contribuía a crearlo.
No se puede comprender plenamente el significado de la religión egipcia, tanto en su dimensión exotérica como esotérica, sin
intentar desentrañar aquello que los egipcios llamaron heka y los griegos tradujeron como «magia».
Y esa magia tenía su primera expresión en el descendimiento de la Palabra Divina —el Verbo bíblico o el Logos griego— al mundo
sensible como manifestación del acto creador. Esas «palabras divinas» tomaban forma y adquirían carácter mágico a través de los
jeroglíficos —literalmente, «grabados sagrados»—, por lo que resulta imprescindible abordar la escritura del antiguo Egipto
teniendo en cuenta la polisemia de sus significados, que abarcan desde el mero uso fonético hasta su dimensión ritual, simbólica y
mágica. Ello nos obliga a reflexionar sobre las diferentes lecturas de un mismo jeroglífico, algo que ya apuntó Champollion.
Esta obra abre la puerta a los significados más simbólicos y metafísicos de los jeroglíficos, en coherencia con un ideario religioso
que aún hoy sigue sorprendiendo cuando se aborda poniendo en valor el legado que nos dejaron y que constituye una parte
fundamental de lo que más tarde hemos definido como pensamiento occidental.
Ya dijo Aristóteles que «no hay pensamiento sin una imagen» —imágenes de la vida, de lo creado por el ser humano, de ideas
abstractas—, y Plotino que los jeroglíficos son la «traducción de los misterios divinos». Ambas ideas articulan esta obra, que
pretende acercar al lector a esa magia que habita en los jeroglíficos y se oculta tras su dimensión fonética.
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