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¿Alguna vez has soñado con convertir el plomo en oro? ¿Has oído hablar de la piedra filosofal? ¿Sabes, en realidad, qué es la alquimia? La imagen popular del alquimista —un viejo loco en un laboratorio rodeado de matraces— es tan estereotípica como incompleta e injusta. Los alquimistas no eran magos ni embaucadores: eran filósofos que perseguían el conocimiento absoluto de la naturaleza mucho más allá de lo que la ciencia de su tiempo podía ofrecerles. Porque detrás de esos hornos humeantes había un saber que hundía sus raíces en la prehistoria y que aspiraba, más allá del metal precioso, a comprender las leyes últimas de la naturaleza y a perfeccionar el alma de quien las perseguía. Para buscar los orígenes de la alquimia hay que retroceder milenios y buscar su génesis en las grandes civilizaciones de la antigüedad. Desde Mesopotamia y el Antiguo Egipto hasta los laboratorios del islam clásico; de las cortes y los monasterios de la Europa medieval al fervor hermético del Renacimiento, cuando papas y emperadores financiaron a los adeptos del arte sagrado; hasta su ocaso ante la razón ilustrada y su sorprendente regreso en el siglo XX, cuando Carl Jung encontró en sus símbolos las claves del inconsciente humano. El autor, Luis Íñigo, desmonta en este libro los tópicos que han reducido la alquimia a una curiosidad de feria y devuelve a los alquimistas su verdadera condición: la de auténticos filósofos que, entre retortas y atanores, buscaban cruzar las puertas de un conocimiento vedado a los simples mortales.
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