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«Nos han llamado violentos. Nos han tachado de salvajes. Y ninguna etiqueta daba en el clavo».
«¿Pero eso no es peligroso? ¿No te van a partir la cara?». Cualquiera que entrene deportes de contacto ha contestado esa
pregunta mil veces, casi siempre a alguien que no ha pisado un gimnasio en su vida.
Deporte de contacto va de lo que hay al otro lado de esa pregunta. Del olor a linimento que se queda pegado a la ropa. Del
nudo en el estómago mientras te vendas las manos. Del chaval que se levanta a las seis para entrenar y del que sale reventado
del curro y aun así coge la mochila. Del compañero al que le has pegado y con el que te ríes diez minutos después en el
vestuario. De ese vínculo que, una vez que lo tienes, no se rompe.
Y va también de lo que no se dice en voz alta: los recortes de peso que están destrozando carreras, los entrenadores que se
titulan en un fin de semana, lo que se juega un promotor para montar una velada, la manía de crucificar al que pierde, los
chavales con un talento enorme que cuelgan los guantes a los veinticinco, quemados. Treinta años de vestuario —de los
gimnasios de los noventa a los estadios llenos de la era Topuria— contados desde dentro, con lo que dice la ciencia en la
mano y una idea atravesándolo todo: el combate más importante no es el del ring, sino el que libramos cada día fuera de él.
Con prólogo de César Alonso y los testimonios de una treintena de figuras del sector.
«Los deportes de combate son especiales porque te enseñan valores, a ser independiente, a respetar a las personas, a ser
calmado y, lo más importante, a hacerte crecer como persona.» ENMANUEL REYES PLA, medallista olímpico de boxeo
París 2024
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