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¿Qué clase de libro comienza afirmando que alguien duerme en el interior de una biblioteca desde hace tres años? Exactamente uno titulado Biblioteca familiar.
Ni novela, ni colección de relatos, ni ensayo, ni memoria personal, sino un poco de cada uno de ellos, este libro se pasea por bibliotecas públicas y colecciones privadas, por las obsesiones lectoras de escritores como Kafka, Borges, Flaubert o Levrero, mientras reivindica obras olvidadas y autores perdidos. Porque una biblioteca también es el mapa que forman los rastros y rasguños de quien la habita.
Con el ánimo de quien sabe que lo importante no será la victoria sino salir a dar la batalla, Pablo Escudero Abenza nos trae Biblioteca familiar. Un libro peculiar, lleno de una erudición ligera y de confesiones que harán que sus lectores se pregunten: pero ¿acaso esto puede ser cierto? Cierto o no, todo lo que aquí se cuenta es verdad. O eso afirma su autor.
El jurado dijo:
«Un relato que destaca por su honestidad, que se mueve en un terreno híbrido entre la ficción y el ensayo y que se lee con urgencia gracias a su prosa limpia y fluida».
«Una historia que celebra la literatura, inspirando a leer y escribir, y que además invita a reflexionar sobre muchos temas de la industria cultural».
AUTOR
Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) tiene un carnet propio de biblioteca desde antes de cumplir los nueve años. La hipermetropía le llegó algunos meses después.
Lee, escribe y vuelve a empezar. Es autor de cuentos, novelas, ensayo y teatro. Sus últimos libros son la novela La habitación de las niñas (Edaf, 2025) y la colección de relatos La culpa de todo la tiene Gordon Lish (Luz de Fondo, 2026).
Quiso tener un título de literatura comparada, pero se quedó leyendo en un parque y se le olvidó defender el TFM. Un día quizá funde una de esas editoriales que la prensa especializada llama exquisitas, en la que publique dos libros al año o incluso menos.
Busca y colecciona libros; pierde con gusto el tiempo rastreándolos y tratando de conseguirlos. Cuando los toma prestados de las bibliotecas públicas, los devuelve sin ningún subrayado ni anotación. En ocasiones, quiere confesarlo, con alguna esquina un poco doblada.
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